LEYENDA DEL CACUY
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(versión de Gabriela Ojeda)
Hace mucho tiempo, tanto que no hay memoria que registre el hecho,( por eso yo que he escuchado fascinada esta historia desde niña la cuento ahora), vivía en el monte santiagueño una pareja de hermanos. Habitaban un rancho de adobe,que la hermana mantenía limpio y ordenado. Hay que decir que pese a la pobreza de la construcción los ranchos mantienen la dignidad de sus moradores porque se construyen con lo que el monte provee: troncos de árboles, barro y paja lugareña. Son frescos en verano, tibios en invierno, es el hogar propio de la zona.
Vivían solos los hermanos,y desde que sus padres habían muerto el varón había asumido la manutención del hogar y la protección de su hermana. Es común en el monte santiagueño, lo es aún hoy en día, que los vecinos más cercanos estén a mucha de distancia uno de otros, esto acentúa el concepto de soledad en que viven los pobladores y tambien la extension de la tierra. Los hermanos, como tantos otros, vivían aislados y rodeados por el espeso monte que era a la vez el lugar de trabajo.
Todos los días, invierno o verano, el hermano salía apenas comenzaba el día con su hacha al hombro a talar el bosque y hacer postes que luego serían el sustento de sus vidas. Como suele decirse trabajaba de sol a sol, recorría el monte, buscaba los mejores árboles, los más derechos, los más grandes, las mejores especies y duro con el hacha, golpe tras golpe, horas tras horas, transformaba el hermoso ejemplar de quebracho en un codiciado poste. Con cada golpe temblaba su cabeza infestada de negros nubarrones. Trabajaba y pensaba, golpeaba y cada golpe era una pregunta macerada entre dientes,¿ por qué su "cacu" no lo quería? Todo lo hacía por ella, pensando en ella, para que no le faltara nada. Ella, en cambio, lo miraba con odio, no le hablaba, no hacía nada por él. Ni comida ni agua encontraba cuando volvía de trabajar. Llegó al extremo la mujer, una vez, cuando él regresaba sudoroso y sediento, de patear la tinaja con agua cuando lo vio volver. Nada la conmovía, se mantenía dura, inflexible, muda, evitándolo siempre. Y él que no podía enojarse con ella, él que la quería tanto ,soportaba en silencio esperando el gesto de cariño.
Tum... el golpe seco del hacha sobre el tronco, tum..., con rabia,tum..., con dolor..., ¿por qué?¿por qué? si eran el uno para el otro, no tenían a nadie más, por qué tanto rechazo, tum.., tiembla la tierra, el árbol cae y se quiebran sus ramas en mil pedazos con el choque. Y él que tanto la quiere.
Una tarde, se supone que de un invierno leve y soleado, el hermano volvió antes al rancho, ennegrecidos sus pensamientos por la bronca y el desconsuelo. Ya de lejos escuchó el murmullo de voces, las risas, se acercó lentamente y escondido casi, desde detrás de unas jarillas o cardones, eso no se sabe, vio a la hermana conversando con un hombre joven. La vio sonriente, alegre, bien dispuesta,como nunca era con él y sintió un cuchillazo en el pecho. Ella, al descubrirlo, recobró el gesto huraño de siempre, dijo algo y el visitante desapareció rápidamente por el camino gris que la tierra reseca pinta. Se metió en la casa y volvió la mudez, los movimientos en silencio, los ojos de él persiguiendo esos movimientos, tratando de descubrir en ella lo que sus ojos ya vieron. Nada dice el "tura", pero esa noche su cabeza es un torbellino en el que dan vuelta las ideas, las preguntas, las presunciones.
Otro día, el mismo sol débil que tiembla en la mañana. El hermano, es otro hermano el que sale a trabajar, porque algo distinto hay en él, rumbea al bosque donde ayer ha dejado un árbol a medio hachar. Termina con ése, dispone el tronco limpio a un costado y va en busca de otro y allí está el quebracho, señorial en su porte y en su altura, único, una escalera al cielo. A media mañana la hermana lo ve aparecer, viene agitado a decirle que allá en la punta de un árbol ha visto un panal de miel, muy grande, la miel que tanto le gusta a ella, pero que no lo puede bajar solo, es mucho su peso para esas ramas, que necesita de su ayuda. La hermana tentada por el dulce placer de la miel decide acompañarlo. Caminan por el monte, mucho caminan, ella ha preguntado varias veces dónde está, se cansa; al fin, muy adentro, en medio del bosque podría decirse, donde no hay caminos y al sendero lo dibuja el caminante, aparece el tesoro. De abajo no se ve el panal, ella no lo ve, pero el hermano dice que está ahí, que debe subir a traerlo. El va atrás.
Sube, suben, más alto, en la punta, más, otro escalón, más cerca del cielo, el panal ya está cerquita, apenas un poquito más. Finalmente la hermana ha quedado apoyada en una horqueta en que se abre el tronco del árbol en la punta, él unas ramas más abajo. Jadeante ella, mira, seguramente le ha impresionado, primero la inmensidad, cielo y tierra en una sola vista; luego la altura, la alarmante altura. El hermano alarga el brazo y le da su poncho y ella alcanza a escuchar que ha dicho algo de castigo, y algo más dice, mientras baja hachando cada rama, cada escalón por el que ha subido y que va desapareciendo bajo sus pies. La hermana comprende, se desespera, grita, le ruega "cacuy...turay...., cacuy...". El hermano imperturbable completa su trabajo y se va dejándola sola en medio del monte, en la punta de un árbol, muerta de miedo. Llora, lo llama lastimosamente... cacuy... turay... hermano... hermano mío...
Pasan las horas, llega la tarde, baja el sol, el invierno se siente. Se cubre con el poncho y llora, sigue llorando, le grita,por ratos se adormece y vuelve la llamarlo... cacuy....hermano mío.., nada, nadie.. Pasan las horas, los días, el sol, el hambre y la debilidad la adormecen; de noche resucita y vuelve con su clamor: cacuy.... turay... El poncho sobre sus hombros se ha ido encrespando, parece ya parte de su cuerpo, y a medida que pasan las semanas se transforma en plumaje y dos grandes alas han crecido en sus brazos.
Cuando se da cuenta de que puede volar lo hace y siempre llamando a su hermano busca su rancho que hace mucho tiempo ha quedado abandonado porque, dicen los de por ahí, los hermanos se fueron del lugar para esconder su amor.
Yo he oído su canto, no muchos pueden hacerlo porque no anda por lugares muy poblados el pájaro. Mi madrina solía despertarme de madrugada, en verano, para que escuche su canto. Es un llanto doloroso, estremece el sonido en el silencio de la noche, es la desesperación, el clamor por el hermano que ha castigado su desamor abandonándola.
#- "cacu"- "tura"- hermano, hermana, "y"- posesivo "mío"- Dicc. quichua santiagueño-BRAVO, Domingo.
Vivían solos los hermanos,y desde que sus padres habían muerto el varón había asumido la manutención del hogar y la protección de su hermana. Es común en el monte santiagueño, lo es aún hoy en día, que los vecinos más cercanos estén a mucha de distancia uno de otros, esto acentúa el concepto de soledad en que viven los pobladores y tambien la extension de la tierra. Los hermanos, como tantos otros, vivían aislados y rodeados por el espeso monte que era a la vez el lugar de trabajo.
Todos los días, invierno o verano, el hermano salía apenas comenzaba el día con su hacha al hombro a talar el bosque y hacer postes que luego serían el sustento de sus vidas. Como suele decirse trabajaba de sol a sol, recorría el monte, buscaba los mejores árboles, los más derechos, los más grandes, las mejores especies y duro con el hacha, golpe tras golpe, horas tras horas, transformaba el hermoso ejemplar de quebracho en un codiciado poste. Con cada golpe temblaba su cabeza infestada de negros nubarrones. Trabajaba y pensaba, golpeaba y cada golpe era una pregunta macerada entre dientes,¿ por qué su "cacu" no lo quería? Todo lo hacía por ella, pensando en ella, para que no le faltara nada. Ella, en cambio, lo miraba con odio, no le hablaba, no hacía nada por él. Ni comida ni agua encontraba cuando volvía de trabajar. Llegó al extremo la mujer, una vez, cuando él regresaba sudoroso y sediento, de patear la tinaja con agua cuando lo vio volver. Nada la conmovía, se mantenía dura, inflexible, muda, evitándolo siempre. Y él que no podía enojarse con ella, él que la quería tanto ,soportaba en silencio esperando el gesto de cariño.
Tum... el golpe seco del hacha sobre el tronco, tum..., con rabia,tum..., con dolor..., ¿por qué?¿por qué? si eran el uno para el otro, no tenían a nadie más, por qué tanto rechazo, tum.., tiembla la tierra, el árbol cae y se quiebran sus ramas en mil pedazos con el choque. Y él que tanto la quiere.
Una tarde, se supone que de un invierno leve y soleado, el hermano volvió antes al rancho, ennegrecidos sus pensamientos por la bronca y el desconsuelo. Ya de lejos escuchó el murmullo de voces, las risas, se acercó lentamente y escondido casi, desde detrás de unas jarillas o cardones, eso no se sabe, vio a la hermana conversando con un hombre joven. La vio sonriente, alegre, bien dispuesta,como nunca era con él y sintió un cuchillazo en el pecho. Ella, al descubrirlo, recobró el gesto huraño de siempre, dijo algo y el visitante desapareció rápidamente por el camino gris que la tierra reseca pinta. Se metió en la casa y volvió la mudez, los movimientos en silencio, los ojos de él persiguiendo esos movimientos, tratando de descubrir en ella lo que sus ojos ya vieron. Nada dice el "tura", pero esa noche su cabeza es un torbellino en el que dan vuelta las ideas, las preguntas, las presunciones.
Otro día, el mismo sol débil que tiembla en la mañana. El hermano, es otro hermano el que sale a trabajar, porque algo distinto hay en él, rumbea al bosque donde ayer ha dejado un árbol a medio hachar. Termina con ése, dispone el tronco limpio a un costado y va en busca de otro y allí está el quebracho, señorial en su porte y en su altura, único, una escalera al cielo. A media mañana la hermana lo ve aparecer, viene agitado a decirle que allá en la punta de un árbol ha visto un panal de miel, muy grande, la miel que tanto le gusta a ella, pero que no lo puede bajar solo, es mucho su peso para esas ramas, que necesita de su ayuda. La hermana tentada por el dulce placer de la miel decide acompañarlo. Caminan por el monte, mucho caminan, ella ha preguntado varias veces dónde está, se cansa; al fin, muy adentro, en medio del bosque podría decirse, donde no hay caminos y al sendero lo dibuja el caminante, aparece el tesoro. De abajo no se ve el panal, ella no lo ve, pero el hermano dice que está ahí, que debe subir a traerlo. El va atrás.
Sube, suben, más alto, en la punta, más, otro escalón, más cerca del cielo, el panal ya está cerquita, apenas un poquito más. Finalmente la hermana ha quedado apoyada en una horqueta en que se abre el tronco del árbol en la punta, él unas ramas más abajo. Jadeante ella, mira, seguramente le ha impresionado, primero la inmensidad, cielo y tierra en una sola vista; luego la altura, la alarmante altura. El hermano alarga el brazo y le da su poncho y ella alcanza a escuchar que ha dicho algo de castigo, y algo más dice, mientras baja hachando cada rama, cada escalón por el que ha subido y que va desapareciendo bajo sus pies. La hermana comprende, se desespera, grita, le ruega "cacuy...turay...., cacuy...". El hermano imperturbable completa su trabajo y se va dejándola sola en medio del monte, en la punta de un árbol, muerta de miedo. Llora, lo llama lastimosamente... cacuy... turay... hermano... hermano mío...
Pasan las horas, llega la tarde, baja el sol, el invierno se siente. Se cubre con el poncho y llora, sigue llorando, le grita,por ratos se adormece y vuelve la llamarlo... cacuy....hermano mío.., nada, nadie.. Pasan las horas, los días, el sol, el hambre y la debilidad la adormecen; de noche resucita y vuelve con su clamor: cacuy.... turay... El poncho sobre sus hombros se ha ido encrespando, parece ya parte de su cuerpo, y a medida que pasan las semanas se transforma en plumaje y dos grandes alas han crecido en sus brazos.
Cuando se da cuenta de que puede volar lo hace y siempre llamando a su hermano busca su rancho que hace mucho tiempo ha quedado abandonado porque, dicen los de por ahí, los hermanos se fueron del lugar para esconder su amor.
Yo he oído su canto, no muchos pueden hacerlo porque no anda por lugares muy poblados el pájaro. Mi madrina solía despertarme de madrugada, en verano, para que escuche su canto. Es un llanto doloroso, estremece el sonido en el silencio de la noche, es la desesperación, el clamor por el hermano que ha castigado su desamor abandonándola.
#- "cacu"- "tura"- hermano, hermana, "y"- posesivo "mío"- Dicc. quichua santiagueño-BRAVO, Domingo.
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